domingo, 19 de mayo de 2019

TRASCENDER DEL ODIO



Hace algunas horas falleció el Dr. Julio César Trujillo, ha sido una semana extraña, nada novedosa pero si singular.  Abandona la vida material un personaje ilustre y deja en la estela de sus apacibles pasos una confrontación necesaria de analizar: ¿Es infinita la capacidad para odiar como lo es la de amar? El día martes el Dr. Trujillo tiene un derrame interno cerebral propio de su avanzada edad y de la intensa actividad de lucha contra la corrupción a la cual decidió dejar sus últimos días de existencia; el día miércoles se publica un video en el cual una persona veja y humilla a otra por haber sido parte del alto poder del ex presidente Correa.  Dos hechos, un factor en común: el odio.  Inmediato a cada uno de este par de sucesos reaccionan seguidores polarizados de cada uno de los bandos del espectro político de nuestro país: correístas y anti correístas; su lenguaje hostil y ataques reproducen una violencia particular, adobada con el condimento de la furia irracional acumulada en el tiempo.  Unos celebran que abofeteen la cara de un ser humano, otros desean la muerte de un señor anciano en una camilla, pocos son los entes racionales y sujetos sensatos que no hacen eco de la manifiesta violencia, pocos son los que mesuran sus criterios y procuran construir en medio del nubarrón de misiles proyectados de polo a polo, un escenario de reflexión esparciendo solitarias semillas en desnutridos terruños desérticos ausentes de empatía.  Es tan fácil odiar, desear con sincera pasión el daño y dolor en el cuerpo ajeno, prender las hogueras pre decimonónicas supuestamente superadas en la historia de la humanidad, esa ansia involucionada de deseos de observar arder simbólica o quizás materialmente la vida del otro.  ¡El otro! ¡La otra! Aquello que no es nuestra soma, nuestra mente, nuestro ser; aquello que nos es ajeno pero que está al otro lado del polo de nuestras posiciones, motivos, religiones, ideologías, creencias, afines, sexos, géneros, nacionalidades, etnias, lenguas y hasta equipos de fútbol.  Ese otro al cual si no tuviera miedo de ir a la cárcel lo asesinara con mis propias manos, aquello otro al cual escupo con los ojos, transgredo con los puños de mis pulsiones de tirria, ojeriza y rencor.  Alguno de ustedes lectores dirá, qué demonios piensa el escritor cuando generaliza los sentimientos negativos como si fuesen patrimonio humano.  Se equivoca estimado amigo o amiga, escribo esto empuñando el pecho con la trémula esperanza de que seamos más, los que aunque pequemos de indiferentes y apáticos, no nos dejemos envolver en la ola de violencia contumaz que está destruyendo el mundo.  Me resisto a asumir que las polarizaciones de odio nos hagan parecer a esos enfermizos entes que detrás de computadores y perfiles falsos, hablan como delincuentes, escriben como inquisidores, desean a diario, con ligereza y sin sentir, la muerte simbólica del otro.  Porque cuando muera realmente el otro morirá aquello mío que dentro de él/ella pervive y el amor, nuestra fuerza motriz, habrá sin suspiros desaparecido.  

Aquiles Hervas Parra
19 de mayo de 2019

viernes, 3 de mayo de 2019

EL TRABAJO



¿Qué es un trabajador/a en el siglo XXI? Esta podría ser la interrogante por excelencia en tiempos de inicio de otra época para la humanidad.  Esta fue sin lugar a dudas la variable de condición del planeta por alrededor de doscientos años a la luz del nacimiento y debacle del sistema mundo moderno; por lo que su respuesta podría, en términos aun abstractos, esbozar el camino hacia otro modelo de sociedad y etapa de la historia.  En términos coloquiales trabajador es todo aquel que para cumplir sus necesidades requiere crear valor, o como conversábamos con la vecina de la tienda, quien para poder traer un plato de comida a la casa tiene que meter mano.  Nadie ha desmontado la teoría del valor clásica, profundizada en el marxismo científico y ratificada en tiempos post liberales, de que las personas no intercambiamos dinero o mercancías, sino el tiempo que necesitamos para elaborar esas mercancías o esa representación del valor que se simboliza en la moneda; por lo tanto, intercambiamos tiempo de vida que ocupamos para producir valor, con el tiempo de vida de otro u otros (tiempo social).  En el siglo XX como herencia de la interpretación dialéctica de la historia, esta noción identificaba exclusivamente a los obreros y campesinos del mundo, y, sin lugar a dudas esto continúa siendo igual, pero no es suficiente; hoy en los preludios del nuevo milenio, es importante extender la categoría.  Los sujetos de trabajo autónomo (denominado emprendedor), los pequeños o micro productores (denominado pequeño o micro empresario) e incluso los medianos productores (según su patrimonio y renta anual) ¿Podrían afirmar que no trabajan? ¿Que no deben dedicar tiempo de trabajo para intercambiar valores representados con otros sujetos en el mercado del tiempo/valor social?  Según el nivel de enajenación (percepción ajena de la relación entre el sujeto y el objeto de su trabajo), algunos se marearán ideológicamente y no tendrán consciencia de su realidad, y la relación de su existencia con la producción, elemento fundamental para entender el estado de una sociedad.  Otros leerán esta breve  opinión y comprenderán que la mayoría de seres con nuestra diversidad somos trabajadores del mundo, si detenemos nuestras manos por unos días, quebramos, no podemos llevar el pan a casa o no podemos desarrollarnos humana y socialmente; por lo cual deberíamos vernos más cercanos, diferentes pero comunes, distintos pero relacionados, disímiles pero complementarios.  Cuando ese bello momento de consciencia suceda los tejidos de la sociedad se imbricarán sin anularse unos a otros, sino reforzándose en tres dimensiones superpuestas de la realidad: lo comunitario, lo público y lo privado; todas con el eje axial explicativo de la vida, el trabajo (tiempo/espacio).  Mientras usted querido lector se pega una cerveza en el mar, el oriente o las montañas por el día del trabajo, le digo salud desde los Andes y pretendo  dejarlo pensando esta humilde idea que podría determinar las claves para otro futuro del mundo, su ciudad, su provincia o sus planes personales: el trabajo debe ser el centro de discusión de la vida en la alborada del siglo XXI, mientras eso no suceda seguiremos presos de los caóticos claroscuros del fin de la modernidad.  

Aquiles Hervas Parra
3 de mayo de 2019.

domingo, 16 de septiembre de 2018

LOS CAMBIOS DE PENSAMIENTO




Podemos pensar que la corrupción, la explotación, las guerras, las tasas de violencia, los índices de muertes u otras formas públicas que evidencian los estados sociales del sufrimiento son estructuras difíciles de transformar, más me atrevo a afirmar que éstas, tarde o temprano, sucumben en la historia, y su sostenibilidad depende exclusivamente de la contradicción compleja entre fuerzas del tiempo y espacio, es decir son efecto de buenas oportunidades circunstanciales para avanzar que coinciden con la insistencia de sectores que se organizan para lograrlo.  Lo que realmente preocupa a este humilde escritor, más que las dificultades del camino, es que la velocidad en la que se concretan los cambios depende de la resistencia de paradigmas socio/mentales, y, eso sí que es un entramado complejo que requiere de una actitud diferente.  Me explico mejor en términos históricos: fue duro acabar con las flagelaciones de mujeres en las plazas públicas cuando se presumía que eran brujas, sin embargo, más duro fue que las personas que asistían y miraban sus cuerpos incendiarse cambien la conclusión en la cual, ese episodio sangriento que miraban era normal y justo; si hoy en día se realiza una encuesta consultando este hecho una contundente mayoría responderá que eso era una locura irracional y anti humana.  Le costó a la sociedad varios siglos tal cambio de paradigma ¿Será posible que los temas más complicados en la actualidad demoren otros siglos más?  Entonces, en este plano de comprensión, el dilema no es el de subdividir una lista de temas clasificatorios en los que la gente es: buena o mala; loca o normal; estúpida o inteligente; piensa como yo o piensa como otro; el dilema, y a su vez reto que tenemos como generación, es el de comprender la dinámica de esto y probar con métodos y estrategias pertinentes a la realidad que permitan acelerar las condiciones por las cuales cambian los modos de pensar, los paradigmas.  Si logramos esa capacidad creativa, las agendas más complicadas (derechos humanos, derechos de género, discriminación étnica/racial, sensibilidad ambiental, crisis del cambio climático, explotación laboral, precarización de los trabajadores, corrupción pública, violencia sistematizada, etc.) no se demorarán siglos en interiorizarse por una mayoría social y así acercarnos a eso que llamamos estado de bienestar, y que quien escribe prefiere llamar Estado del Equilibrio Dinámico.  Esta breve reflexión, en una tarde de domingo, no es sino la evacuación del sentimiento de impotencia frente a la velocidad en la cual la sociedad mejora o en muchos casos empeora; y a su vez la reafirmación de la necesidad de perseverar en la empresa de soñar otros mundos posibles, con el condimento extra de que los intentos por lograrlo tengan otro ángulo de sagacidad, otra forma de intentarlo, y no las mismas estrategias tradicionales que derivan en iguales resultados. ¿Lo lograremos como generación? Ya se verá, de lo que estamos seguros es que no basta con tener buenas ideas sino somos lo suficientemente creativos para que la sociedad las haga suyas.


Aquiles Hervas Parra
16 de septiembre de 2018.

sábado, 11 de agosto de 2018

ECUADOR EN EL SIGLO XXI: COBARDÍA O FALTA DE MEMORIA



Es sábado 11 de agosto de 2018, he mirado desde la ventana las techadas contiguas y las multiformes curvas de las montañas sobre las cuales en varias décadas se han sembrado barrios; un viento rabioso arremete los escasos árboles aledaños a la vía principal.  ¿Qué edad tendrán esos árboles? Todas las preguntas sobre el pasado parecerían no tener importancia en el Ecuador.  Es sábado de feriado, decidimos contrario a la costumbre, no salir de la ciudad en esta ocasión, posiblemente la semana próxima incrementen el precio de la gasolina, eliminen subsidios y entre en vigencia una ley de perdón de valores fiscales por pagar a las clases “altas” de la nación.  Durante diez años un corrupto gobierno nos robó, otros diez años atrás de ese, sucesivos gobiernos nos arrebataron la estabilidad; y, parecería ser que nadie en la patria (o matria como prefiero llamarla) recuerda con claridad, en las dos décadas y por supuesto más, desde el retorno a la democracia, los episodios de ultraje a la población y eso que llamamos moral han sido similares y repetidos. Ayer fue aniversario del 10 de agosto; más de dos siglos atrás en algún hogar silencioso como el que ahora me habita, Manuela Cañizares con su rostro indígena, contrario a la blanca que retrataría Antonio Andrade y que consta en el Museo Nacional de Quito, arengaba indignada ante los próceres del primer grito de la Independencia: “¡Cobardes! Hombres nacidos para la servidumbre ¿De qué tenéis miedo? No hay tiempo que perder”. Olvidar estas palabras es olvidar nuestra dignidad.  Repaso la narrativa del ecuatoriano escritor ficticio Marcelo Chiriboga en el documental de Javier Izquierdo “Un secreto en la caja” donde el nudo argumentativo se desarrolla a través de la caótica situación de un país que se reúsa a conocer su memoria al punto que puedes confundirlo fácilmente mediante la noción de la -línea imaginaria-, el trabajo filmográfico termina con una escena en la cual afirma que el Ecuador ya no existe. Un terruño que alguna vez se situó en medio de otros dos, tuvo tres guerras en el siglo XX, se desgajó poblacionalmente a finales del mismo siglo con un tercio de su población migrando, y, que inició el siglo XXI creyéndole a un prepotente por más de cinco elecciones en la papeleta.  Ahora, en esa especie de Alzheimer social que les conviene a los pomposos interlocutores del vasallaje, arremeterán otra vez contra nuestra frágil memoria y la borrarán en el mediano plazo para citar escuetamente solo lo que sucedió ayer o hace unas horas y encajarnos otro descarado martillazo a la ética común.  ¿Rememorarán estos árboles sencillos los sacudones de vientos añejos o serán iguales a nosotros? una ciudadanía escéptica que prefiere ignorar que asumir, obviar que confrontar, meter la llave en la cerradura que avanzar por el claroscuro camino de postes amarillentos que difícilmente marcan el destino pero que después del miedo empujan hacia ese “algún lado”.  Pareciese que el Alzheimer es simulado y el olvido conveniente para no amargar el estatus falsamente atribuido de hombres libres, Manuela si pudieses volver a nacer y abofetearnos con esas ocho palabras que nadie puede dejar de escuchar en el letargo silencio de las consciencias ¡Cobardes! El siglo XX fue propenso a la ausencia de la memoria, el XXI deberá significarnos un reto como generación: unos gritaron independencia, otros la deberíamos lograr, no hacerlo nos debe recordar a Cañizares. 

Aquiles Hervas Parra
11 de agosto de 2018

domingo, 15 de julio de 2018

ÁFRICA GANÓ EL MUNDIAL




A propósito de la final de la Copa Mundial Rusia 2018, una vez culminada ésta, tres ideas sueltas: París es negro hace décadas, África ganó el mundial y Mbappé corre/vuela como una condenada gacela.  Bastaría con celebrar uno de los goles para que cualquier xenófobo radicado dentro de sus ideas fóbicas quede desbancado del sustrato de la ideología que legitima su indisposición con aquellos que siente, invaden su territorio.  La notoria y abrumadora mayoría del seleccionado francés no es étnicamente galo.  El gallito más bien es la composición maravillosamente diversa de no menos de cuatro continentes y diez países, no es el gallo en sí mismo sino las plumas multicolores las que se alzaron con la copa en manos.  El planeta entero viste la misma camiseta que, aunque configura una comunidad imaginada (Benedict Anderson), no puede ocultar los matices existentes en la piel del fútbol francés.   A mediados del siglo XX el intelectual, poeta y político descolonial negro Aimeé Césaire afirmaba “en el fondo lo que no le perdona [Europa] a Hitler no es el crimen en sí, el crimen contra el hombre, no es la humillación del hombre en sí, sino el crimen contra el hombre blanco, es la humillación del hombre blanco, y haber aplicado en Europa procedimientos colonialistas que hasta ahora sólo concernían a los árabes de Argelia, a los coolies de la India y a los negros de África”, por lo cual es gozoso saber que algo tan precioso como el arte de jugar fútbol (descartando todo su abominable mercantilismo) destronan las posibilidades de re legitimar la violencia contra el negro, porque está hipotecada la consciencia del racista o xenófobo al haber podido hacerse con el trofeo principal del balompié. Sin duda esta mirada es en exceso optimista, regresaré mañana a visitar el estadio y continuarán gritando con pleitesía desde las gradas: “juega bien negro hijo de…”; o volverán a encerrar a centenas de migrantes en el norte del mar Mediterráneo por el delito de soñar un mejor futuro; o el dolor, que si bien es universal, continuará teniendo la pigmentación más obscura en todos los rincones de la tierra; pero vuelvo ver correr con el balón al camerunés argelino Kylian Mbappé Lottin y sé, que si bien el mundo aún es un lugar violento, ese pique representa las zancadas que estamos dando hacia otro mundo mejor y heterogéneo, y estamos muy cerca de hacer el más hermoso gol de la historia para la armónica convivencia humana. 

Aquiles Hervas Parra, Msc.

15 de julio de 2018.